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30-12-2008
“Noches blancas” de Luchino Visconti: dónde habita la soledad
obras sempiternas, por Ariel Luque

Foto Nota


Sempiterno: Proviene de la raíz latina semper (eterno) en la segunda declinación flexiva, y caso dominativo: sempiternus, a, um. (Fuente: Etimologías de chile)

 

Esta quinta entrega se centrará en esta obra maestra del italiano Luchino Visconti (1906-1976). Como todos sabemos, Fiodor Dostoievski (1821 - 1881) es uno de los grandes escritores de la historia, entre sus grandes obras podemos encontrar la mítica Crimen y castigo, El idiota, Los hermanos Karamazov, Humillados y ofendidos, etc. Varios directores han tratado de llevar sus obras al cine - algunos han logrado crear ese sublime universo y otros no - entre ellos podemos encontrar a Josef Von Sternberg, Aki Kaurismaki, Georges Lampin, Pierre Chenal (entre otros) que realizaron su versión de Crimen y castigo, Richard Brooks también llevo al cine Los hermanos Karamazov y Akira Kurosawa El idiota... y así podríamos continuar con una larga lista. Noches blancas es una novela corta que Dostoievski escribió en el año 1848 y su título proviene del fenómeno que acontece durante el solsticio de verano en el mes de Julio - específicamente en las áreas de latitud alta - periodo en el cual las puestas de sol son tardías, los amaneceres más temprano, por lo tanto la oscuridad nunca es completa. La historia ocurre durante ese período. De esta novela se pueden encontrar tres versiones cinematográficas, la del maestro Robert Bresson (Cuatro noches de un soñador - 1971), la libre interpretación del director Hindú Sanjay Leela Bhansali (Saawariya - 2007) y la versión del gran director italiano - y de la cual voy a hablar - Luchino Visconti llamada con el nombre original de la novela. Visconti llevo al cine Noches Blancas en 1957 y teniendo como actores principales a Marcello Mastrianni y la bella Maria Schell. El film fué rodado en una escenografía al aire libre montada en Cinecittà y fué ganador del León de Plata en el festival de Venecia.

 

La historia transcurre en una ciudad de provincias. Mario, un mediocre oficinista que vive en una modesta pensión, encuentra una noche solitaria a una joven llorando llamada Natalia, en cuyo rostro se refleja una profunda tristeza. Le da conversación para animarla y luego de lograr que ella entre en confianza con él, Natalia le cuenta como su vida - gris y aburrida en la casa donde vive con su abuela ciega - cambió con la llegada de un apuesto inquilino del cuál ella se enamoró. Pero un día el inquilino tuvo que marchar, prometiéndole que volvería para casarse con ella, y por eso cada noche acude al mismo sitio para esperar su regreso. Durante cuatro noches mágicas, Mario vive una intensa experiencia emocional con Natalia, esperando sustituir en su corazón al misterioso inquilino. Esta es la premisa pero al margen de esta maravillosa y sencilla historia, el universo que crea Visconti - respetando bastante al de Dostoievski - es realmente perfecto. La ciudad en ruina son los claves rasgos de un Italia destruida por la guerra, la gente carga en sus ojos y en sus pasos desganados profundas tristezas y por dónde uno mire encuentra soledades buscando el calor de otro cuerpo. Una ciudad fría pero romántica, oscura pero blanca, todo eso acompañado por una espesa bruma que envuelve al aire, los puentes y a los personajes.

 

La ciudad - que nos recuerda a Venecia - es como un laberinto al que se ven inmerso los personajes por medio de calles finas y canales venecianos. Natalia no encuentra el camino para volver a reencontrarse con su amor y Mario no encuentra el camino para llegar al corazón de ella. Mario en un momento le dice que no cree en cuentos de hadas, pero bien que su amor a primera vista y el querer rescatarla carga con la magia de un cuento de hadas. Natalia es una versión italiana de Penélope esperando a que vuelva su amor, sin querer engañarlo ni mucho menos enamorarse de otro hombre. Entre humos de cigarrillos, bruma, bares, prostitutas, frío y suburbios, Mario lucha por conseguir romper el caparazón inquebrantable que tiene el corazón de Natalia. En cambio Natalia no deja de hablar de aquel misterioso hombre que, con tan sólo mirarla, logró llevarse su amor prometiéndole el resto de sus vidas juntos. La soledad está en cada paso, en cada lugar y en cada mirada. Esa gente que aparece durante estas extrañas noches en las que se encuentran Mario y Natalia, son seres buscando un amor o tan solo un poco de calor, son cuerpos fríos en busca de alguien que logre sacarlos de ese estado patoso que nos hace ingresar la soledad. La soledad es el motor de esta ciudad, de su gente y de nuestros protagonistas. Visconti logra con esta puesta de escena hacernos sentir parte de este universo táctil, un mundo que se siente a flor de piel a medida que nos vamos adentrando a los suburbios y a la oscuridad.

 

Todo esto es logrado con una mirada lejana, pero que a medida que la relación se va volviendo amistosa o de complicidad, nos vamos acercando mucho más a estas dos soledades. Pero todo cambia cuándo en la relación comienza a jugar la seducción, allí Visconti nos muestra a Mario y a Natalia desde lejos y casi siempre interrumpidos por alguna ventana empañada o una puerta que se abre y se cierra. Hay un momento bellísimo del film que es cuando comienza a nevar de la nada en el mismo momento en que Natalia se resigna a la espera del inquilino misterioso para entregarse a Mario. La magia que resplandece en esos pocos minutos de nevada es realmente sublime. Cuándo el calor del amor comienza a aparecer entre Natalia y Mario, el clima se vuelve mucho más frío y la nieve comienza a caer por acto de magia. La música, de Nino Rota (El padrino, 1973), sugiere sentimientos románticos, melancólicos y de intriga. Añade el rock Thirteen Woman, de Bill Haley, que acompaña el baile, y una referencia operística (El barbero de Sevilla, Rossini). La fotografía, en B/N, de Giuseppe Rotunno (El gatopardo, 1963), crea imágenes de fuerte contraste, con predominio de tonos oscuros y luces irreales. Noches blancas es una inolvidable obra sobre la soledad en tiempos de carencia de amor y de tristeza. Tiempos en dónde la confianza y el ayudar al prójimo había sido remplazado por la tristeza y el dolor de una guerra que hacia pocos años había culminado. Un film que dota de una maravillosa magia y una lírica poesía que hace que cada escena sea memorable y única. Una historia que se regodea entre lo real y lo onírico, una obra que se sitúa entre el neorrealismo de las primeras obras de Visconti y la depurada estilización de sus últimos films. En lo personal, una película dolorosa, que da una mirada lúgubre del amor y que nos deja con un escaso sentimiento de felicidad. Noches blancas me recuerda lo eterno de aquellos momentos efímeros que marcan a uno para siempre. El dolor puede quedarse en uno toda una vida, en cambio la felicidad es efímera. Bien claro lo deja Luchino Visconti en este gran film llamado Noches Blancas.

 

 

Por Ariel Luque

Para Cinevivo

 

 

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