Hors Satan, último film de Bruno Dumont es, sin duda, perturbador, una provocación que ataca la percepción y hace de su proyección una experiencia mística.
Una historia mínima: dos personajes centrales, el silencio, la campiña del norte de Francia y la potencia de lo que todo esto despliega en un realismo crudo en el cual van apareciendo elementos fantásticos, milagrosos e inefables. El centro del relato es un vagabundo que cuenta con un perro y un refugio en ruinas en la playa donde duerme, despojado de todo se tiene a sí. Es el hombre que camina y produce milagros, cura, saca fuera los demonios de los otros, los que nos poseen y constituyen. En este escenario lo acompaña una joven enamorada de él, su mayor contacto con el lugar, quien lo alimenta, cuida y rinde devoción en silencio.
La película tiene el ritmo de la vida del lugar, apacible con planos quietos, diálogos económicos y acertados. Su potencialidad, lo que tiene para decirnos, no está en las palabras, la comunicación es ritual y excede aquí el discurso. La elección de los personajes es exquisita: David Dewaele, el salvador, con su realismo, su naturalidad ante los hechos, su inexpresión aveces monstruosa y Alexandra Lematre en un rol tan frágil y frío como emotivo forman una dupla que se combina a tono con el film y pone en escena el amor bajo sus formas salvajes e inclasificables.
Historia del vacío y la sacralización mundana, es en esta tierra donde lo sagrado emerge, ese es el camino desde lo real hacia lo trascendental. Si algo se ha perdido con la modernidad es el vinculo ritual del hombre con la naturaleza, donde todo era uno, B. Dumont nos vuelva a esa conciencia primigenia con sus imágenes, con sus silencios; con sus plegarias mudas apela a la fuerza de volver a ser todo uno. No hay religión en Hors Satán, sino un sentido profundo de religiosidad. El dios es la naturaleza, en su esencia amoral, engendradora del bien y del mal irresolublemente.
Hors Satan: intensa, mística, carnal y encendida. Nada es igual cuando se sale del film y eso es lo bueno, lejos de confirmar el mundo conocido, provoca y nos vacía para dejarnos cargados de interrogantes. Le han preguntado a B. Dumont hasta cuando seguirá filmando y ha dicho “Hasta que ya no tenga sed” y si algo se traduce en este film es la voracidad por acercarnos a un mundo nuevo y allí mismo volvernos desconocidos.